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No midas a las personas por su estatura: mide a la sociedad por su capacidad de respetarlas.

Mujer de talla baja caminando por la calle, con lentes negros, se le va muy feliz

Día Mundial de las Personas de Talla Baja: cuando el problema no está en los centímetros de una persona, sino en los prejuicios de quienes se creen con derecho a hacerla menos.

Hay personas que, por su estatura, tienen que esforzarse todos los días para alcanzar objetos colocados demasiado arriba. Pero hay algo mucho más difícil de alcanzar: una sociedad en la que puedan caminar por la vida sin que las miradas, las burlas, los comentarios hirientes y la discriminación intenten colocarlas por debajo de los demás.

Porque una cosa es tener una estatura diferente y otra, muy distinta, vivir en un mundo que insiste en tratarte como si fueras menos.

Cada 25 de octubre se conmemora el Día Mundial de las Personas de Talla Baja, una fecha que nos invita a reconocer sus derechos, visibilizar las barreras que enfrentan y recordar que ninguna característica física justifica el rechazo, la exclusión o el trato indigno.

Y, sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿Cuánto hemos avanzado realmente como sociedad?

Una diferencia física no es una invitación a discriminar.

Las personas de talla baja forman parte de la diversidad humana. La talla baja puede tener diferentes causas, entre ellas distintas condiciones genéticas y displasias esqueléticas. La acondroplasia es una de las más conocidas, pero no es la única.

Cada persona tiene su propia historia, sus capacidades, sus necesidades, sus proyectos y su manera de relacionarse con el mundo. Reducirla a su estatura es ignorar todo aquello que la hace una persona única.

Durante mucho tiempo, las personas de talla baja han sido representadas en espectáculos, películas y contenidos de entretenimiento mediante estereotipos que las convierten en objetos de burla, personajes ridículos o figuras destinadas a provocar risas.

El problema no termina cuando acaba el espectáculo. Esas representaciones alimentan prejuicios que después aparecen en la escuela, en el trabajo, en la calle, en los espacios públicos e incluso dentro de las familias.

Hay quienes creen que hacer un chiste sobre la estatura de alguien es inofensivo. Otros piensan que ponerle un apodo relacionado con su cuerpo es una muestra de confianza. También están quienes consideran que pueden tocar a una persona, cargarla, fotografiarla o preguntarle cosas íntimas sin siquiera pedirle permiso.

Pero la confianza no elimina el respeto. El humor no borra la dignidad. Y la curiosidad de alguien nunca está por encima del derecho de otra persona a decidir sobre su propio cuerpo y su vida.

Que una característica física llame la atención no significa que tengamos derecho a convertirla en espectáculo.

El prejuicio también se esconde detrás de una sonrisa.

No toda la discriminación se manifiesta mediante insultos o agresiones evidentes. A veces aparece disfrazada de simpatía, de bromas entre amigos o de comentarios que quien los pronuncia considera inofensivos.

Una persona de talla baja puede escuchar que es demasiado pequeña para desempeñar determinado trabajo, que necesita que alguien la cuide, que ciertas responsabilidades son demasiado grandes para ella o que sus relaciones de pareja deben ser motivo de sorpresa.

También puede enfrentarse a personas que le hablan como si fuera una niña, aunque sea una mujer o un hombre adulto, o que se dirigen a quien la acompaña en lugar de hablar directamente con ella.

Detrás de estas conductas existe un problema de fondo: se confunde la apariencia física con la capacidad, la edad, la autonomía y el valorde una persona.

La talla no determina la inteligencia. No establece la madurez emocional. No define la capacidad de amar, formar una familia, estudiar una carrera, desarrollar una profesión, emprender un negocio o tomar decisiones.

Y tampoco autoriza a nadie a decidir de antemano qué puede o no puede hacer otra persona.

Cuando asumimos que alguien es incapaz sin conocer su historia, no estamos describiendo una realidad: estamos imponiendo un prejuicio.

Cuando las barreras están en el entorno, no en la persona.

Hablemos ahora de algo que suele pasar inadvertido.

Imaginemos a una persona que necesita utilizar un cajero automático, realizar un trámite en una ventanilla, alcanzar un producto en un establecimiento o utilizar instalaciones sanitarias diseñadas sin considerar sus necesidades.

En muchas ocasiones, los espacios, los muebles, los equipos y los servicios están pensados para personas de determinadas características físicas. Cuando el diseño ignora la diversidad humana, las actividades cotidianas pueden convertirse en obstáculos innecesarios.

Entonces aparece una pregunta fundamental: ¿por qué responsabilizamos a la persona por no adaptarse a un entorno que nunca fue diseñado pensando en ella?

La inclusión exige revisar cómo construimos nuestras ciudades, cómo diseñamos los espacios de trabajo, cómo organizamos los servicios públicos y cómo garantizamos el acceso a la educación, la salud, la cultura y la participación social.

No se trata de ofrecer privilegios. Se trata de eliminar barreras y proporcionar los ajustes razonables que correspondan para que todas las personas puedan ejercer sus derechos en condiciones de igualdad.

La accesibilidad no debería depender de la buena voluntad de alguien que decide ayudar. Debe formar parte de la manera en que concebimos y construimos los espacios compartidos.

Una sociedad verdaderamente incluyente no obliga a las personas a resolver individualmente todos los obstáculos que encuentra. También se responsabiliza de transformar las condiciones que producen exclusión.

El lenguaje puede abrir puertas o levantar muros.

Las palabras importan porque expresan la manera en que entendemos y tratamos a los demás.

Por eso, es importante evitar expresiones peyorativas, apodos relacionados con la estatura y términos que históricamente se han utilizado para ridiculizar a las personas de talla baja.

Llamar a alguien por su nombre es un buen comienzo. Hablarle directamente, escucharla sin infantilizarla y respetar la forma en que se identifica son acciones sencillas que reflejan consideración y dignidad.

No necesitamos conocer todos los detalles médicos de una persona para tratarla con respeto. Tampoco necesitamos comprender por completo su experiencia para reconocer sus derechos.

Y hay algo más: no debemos confundir el respeto con la lástima.

Las personas de talla baja no necesitan que las miremos como seres extraordinarios por realizar actividades cotidianas, ni que celebremos cada uno de sus logros como si su estatura las hiciera incapaces de alcanzarlos.

Necesitan, como cualquier otra persona, oportunidades, reconocimiento por su trabajo, libertad para tomar decisiones y condiciones que les permitan desarrollar sus proyectos de vida.

La inclusión no consiste en admirar a alguien por ser diferente. Consiste en reconocer que esa diferencia no disminuye sus derechos ni su lugar en la sociedad.

La inclusión comienza cuando dejamos de decidir por los demás.

En HIT, Hagamos de la Inclusión un Todo, creemos que construir una sociedad incluyente exige algo más que publicar mensajes en fechas conmemorativas.

Requiere revisar nuestras actitudes y aceptar que, incluso sin proponérnoslo, podemos reproducir prejuicios que lastiman y excluyen.

Por eso, hoy te invito a pensar en algunas acciones concretas:

· Si escuchas una burla relacionada con la estatura de alguien, no te sumes a las risas. Haz visible que el respeto también debe estar presente en nuestras conversaciones.

· Si tienes dudas sobre cómo dirigirte a una persona de talla baja, utiliza su nombre y pregúntale con respeto si necesitas saber algo relevante.

· Si observas barreras físicas en tu comunidad o lugar de trabajo, promueve cambios que favorezcan la accesibilidad y la participación.

· Si eres docente, madre, padre o persona cuidadora, enseña a niñas y niños que las diferencias físicas no convierten a nadie en motivo de burla.

· Si tienes la responsabilidad de contratar personal, evaluar capacidades o tomar decisiones, hazlo con criterios pertinentes y sin permitir que los estereotipos determinen tus elecciones.

Y, sobre todo, escucha a las propias personas de talla baja. Sus experiencias, propuestas y voces deben estar presentes en las decisiones que afectan sus vidas.

No basta con hablar de ellas. Es indispensable escuchar lo que tienen que decir y reconocer su derecho a participar en la construcción de las soluciones.

Una sociedad que respeta no necesita medir la dignidad.

Este 25 de octubre, no quiero que nos quedemos únicamente con la imagen de una persona que tiene una estatura diferente a la nuestra.

Quiero que pensemos en la niña o el niño que puede estar enfrentando burlas en su escuela. En la mujer o el hombre que busca una oportunidad laboral y teme ser juzgado antes de demostrar sus capacidades. En quien desea vivir de manera autónoma, participar en su comunidad, enamorarse, formar una familia y desarrollar sus proyectos sin que su cuerpo se convierta en una barrera social.

Pensemos también en las veces que hemos guardado silencio ante una burla, hemos repetido un estereotipo o hemos dado por hecho que alguien no puede hacer algo simplemente porque es diferente.

La inclusión también comienza cuando tenemos la humildad de reconocer lo que debemos cambiar en nosotros mismos.

No podemos modificar la estatura de todas las personas, ni esa es la tarea que nos corresponde. Lo que sí podemos transformar es la manera en que las miramos, las oportunidades que les ofrecemos y las barreras que, como sociedad, hemos construido.

Porque una persona no vale más por ser alta, ni vale menos por ser baja. Su dignidad no depende de los centímetros que mide, de su apariencia, de su condición física ni de la opinión de quienes la rodean.

La verdadera medida de una sociedad no está en la estatura de sus habitantes, sino en su capacidad de garantizar que todas las personas puedan vivir con dignidad, libertad, igualdad y respeto.

Este 25 de octubre, hagamos algo más que conmemorar el Día Mundial de las Personas de Talla Baja: revisemos nuestros prejuicios, cuestionemos nuestras conductas y eliminemos las barreras que impiden la participación plena de los demás.

Porque la inclusión no consiste en hacer espacio para quienes consideramos diferentes. Consiste en comprender que ese espacio también les pertenece.

Hagamos de la Inclusión un Todo. Porque cuando dejamos de medir a las personas por su apariencia y comenzamos a reconocerlas por su dignidad, damos un paso hacia una sociedad en la que nadie tenga que luchar para demostrar que merece el mismo respeto que los demás.

 

Artículo escrito por José Antonio Anguiano Cortés que se publica en el blog HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo bajo la responsabilidad de su autor.

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