No siempre necesitamos levantar la voz para lastimar, ni pronunciar un gran discurso para transformar una vida. A veces, todo comienza con una palabra.
Las palabras nunca son solamente palabras
Hay palabras que abren puertas, que nos permiten sentirnos parte de algo, que reconocen nuestro lugar en el mundo. Hay otras que levantan muros, alimentan prejuicios y nos recuerdan, dolorosamente, que alguien nos considera diferentes, inferiores o incapaces.
Las palabras pueden convertirse en puentes, pero también en barreras. Pueden ofrecernos una mano sin tocarnos o empujarnos hacia la exclusión sin que nadie mueva un solo dedo.
Por eso, hablar de inclusión también significa hablar de nuestro lenguaje, de las expresiones que utilizamos todos los días y de los mensajes que transmitimos, incluso cuando no somos conscientes de ello.
En el ámbito de la discapacidad, esta reflexión resulta especialmente importante. Durante demasiado tiempo, las personas con discapacidad hemos tenido que enfrentar no solamente las barreras físicas, educativas, laborales y sociales, sino también aquellas que se construyen con palabras.
Porque antes de negar una oportunidad, muchas veces alguien ya ha pronunciado una frase que anticipa el rechazo.
Palabras que hieren, aunque parezcan inofensivas.
“Pobrecito, qué difícil debe ser su vida”
“Es un ejemplo de superación porque, a pesar de su discapacidad, puede hacer cosas normales”
“No parece que tenga una discapacidad”
“Está confinado a una silla de ruedas”
Es un angelito; las personas con discapacidad son especiales”
Quizá algunas de estas expresiones se dicen con buenas intenciones. Tal vez nacen del cariño, de la costumbre o del desconocimiento. Sin embargo, las buenas intenciones no siempre evitan las consecuencias dolorosas.
Cuando llamamos “pobrecita” a una persona por su discapacidad, podemos reducir toda su existencia a una supuesta desgracia.
Cuando presentamos las actividades cotidianas como hazañas extraordinarias solamente porque las realiza una persona con discapacidad, corremos el riesgo de convertirla en un espectáculo de admiración, en lugar de reconocerla como alguien que tiene derechos, capacidades, preferencias, dificultades y proyectos propios.
Cuando decimos que alguien “está confinado a una silla de ruedas”, olvidamos que para muchas personas usuarias de silla de ruedas esta representa una herramienta de movilidad, autonomía y participación.
Y cuando afirmamos que una persona “no parece tener discapacidad”, podemos transmitir la idea de que la discapacidad es algo que debe notarse para ser creído o reconocido.
No se trata de vivir con miedo a equivocarnos al hablar. Se trata de comprender que el lenguaje también expresa nuestra manera de mirar a los demás.
Una palabra puede parecer pequeña para quien la pronuncia y pesar muchísimo para quien tiene que escucharla todos los días.
Palabras que incluyen: el poder de reconocer a la persona.
La inclusión comienza cuando dejamos de definir a alguien exclusivamente por una condición y reconocemos, ante todo, a una persona con identidad, derechos y capacidad para tomar decisiones.
Por eso, podemos sustituir expresiones que desvalorizan por otras que reconocen y respetan.
En lugar de decir “sufre una discapacidad”, podemos hablar de una “persona con discapacidad”, salvo que conozcamos y estemos describiendo una experiencia de sufrimiento que ella misma ha expresado.
En lugar de decir “está confinado a una silla de ruedas”, podemos decir “es una persona usuaria de silla de ruedas”.
En lugar de hablar de alguien como si no pudiera decidir por sí mismo, podemos preguntarle qué necesita, qué prefiere y cómo desea recibir apoyo.
Y en lugar de felicitar a una persona con discapacidad por cada actividad cotidiana como si su existencia fuera una proeza, podemos reconocer sus logros de la misma manera en que reconocemos los de cualquier otra persona: con respeto, sin exageraciones y sin prejuicios.
También debemos aprender a escuchar. Hay personas que prefieren determinadas expresiones para hablar de sí mismas y otras que eligen términos diferentes. Respetar esa diversidad implica no imponer una única forma de
nombrarse, sino escuchar las preferencias de cada persona y evitar las expresiones degradantes.
No basta con cambiar una palabra si conservamos intacto el prejuicio que la acompaña.
Podemos emplear términos considerados correctos y, al mismo tiempo, excluir a alguien de una conversación, decidir por esa persona o negarle una oportunidad laboral. El lenguaje inclusivo pierde su sentido cuando no está acompañado de conductas incluyentes.
La intención importa, pero el impacto también.
Hay algo que necesitamos comprender: no todas las personas que utilizan una expresión inadecuada pretenden ofender.
Muchas crecieron escuchando esas palabras en su familia, en la escuela, en los medios de comunicación o en su entorno social. Las repiten porque nunca tuvieron la oportunidad de cuestionarlas.
Por eso, corregir no tiene que significar humillar. Podemos explicar, orientar y ofrecer alternativas sin convertir cada equivocación en una condena.
Pero tampoco debemos exigirle a una persona que ha sido lastimada que guarde silencio para no incomodar a quien la ofendió.
La convivencia incluyente necesita dos disposiciones: la de quien aprende a expresarse con respeto y la de quien, al recibir una observación, tiene la humildad de escuchar, reflexionar y corregir.
Equivocarnos puede ocurrir. Negarnos a aprender es otra cosa.
Hagamos de nuestras palabras una herramienta de transformación.
La próxima vez que hablemos de una persona con discapacidad, detengámonos un instante y preguntémonos:
· ¿Estoy reconociendo a una persona o reduciéndola a una condición?
· ¿Estoy describiendo una realidad o repitiendo un prejuicio?
· ¿Estoy hablando con la persona o hablando de ella como si no estuviera presente?
· ¿Mis palabras respetan su autonomía y su dignidad?
· Si alguien utilizara esa expresión para referirse a mí, ¿Cómo me sentiría?
No necesitamos memorizar un diccionario completo para comenzar a transformar nuestro lenguaje. Necesitamos disposición para escuchar, sensibilidad para reconocer el daño y voluntad para cambiar.
En la familia, en el trabajo, en la escuela, en las redes sociales y en cualquier espacio de convivencia tenemos la oportunidad de elegir palabras que reconozcan, acompañen y construyan.
Porque la inclusión no depende solamente de las grandes leyes, de los programas institucionales o de los discursos públicos. También se construye en esas conversaciones cotidianas que parecen insignificantes, pero que pueden determinar si alguien se siente respetado o rechazado.
La reflexión que transforma.
En HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo creemos que construir una sociedad incluyente exige mucho más que evitar insultos. Significa reconocer que cada
persona merece ser tratada con dignidad, escuchada con respeto y valorada sin prejuicios.
Las palabras no eliminan por sí solas una escalera que impide el acceso, una puerta laboral que permanece cerrada o una página digital inaccesible. Sin embargo, pueden ayudarnos a identificar esas barreras y a reunir la voluntad colectiva para derribarlas.
Por eso, te invitamos a comenzar hoy mismo. Escucha tus propias palabras, revisa las expresiones que repites por costumbre y, cuando sea necesario, atrévete a cambiarlas. Si lastimas sin querer, reconoce el daño y aprende. Si escuchas una expresión discriminatoria, no normalices la exclusión: busca una manera respetuosa y firme de señalarla.
Porque una palabra incluyente no es la que suena más bonita, sino la que reconoce la dignidad de quien la escucha y se convierte en respeto cuando llega el momento de actuar.
Hagamos de nuestras palabras puentes, no barreras. Y recordemos que la inclusión comienza cuando dejamos de preguntarnos qué palabras debemos evitar y empezamos a preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo con ellas.
Artículo escrito por José Antonio Anguiano Cortés que se publica en el blog HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo bajo la responsabilidad del autor.
