Queridos hijos:
Tal vez todavía no saben muy bien qué decirme.
Tal vez tampoco saben cómo comportarse conmigo.
Quizá sienten miedo, tristeza, preocupación o incluso desconcierto.
Y lo entiendo.
Hasta hace poco me veían caminar, trabajar, resolver problemas, tomar decisiones y hacer muchas de las cosas que durante años hicieron que me sintieran fuerte, capaz y, de alguna manera, invencible.
Pero ahora algo cambió.
Ahora su padre es ciego.
Y quizá, al principio, ustedes no sepan cómo mirar esta nueva realidad.
Por eso quiero pedirles algo.
No me miren solamente como a un hombre que perdió la vista.
Mírenme como a su padre.
Sigo siendo yo.
Sigo teniendo mis recuerdos, mis sueños, mis opiniones, mis gustos, mi carácter y mis ganas de vivir.
Sigo queriendo escuchar cómo les fue.
Sigo queriendo saber qué están haciendo.
Sigo queriendo que me cuenten sus problemas y sus alegrías.
Sigo queriendo formar parte de sus decisiones, de sus conversaciones y de sus vidas.
Mi ceguera cambió muchas cosas, pero no cambió el amor que siento por ustedes.
Y tampoco debería cambiar el lugar que ocupo dentro de nuestra familia.
No quiero que se avergüencen de mí.
No quiero que escondan mi discapacidad.
No quiero que eviten presentarme ante otras personas por miedo a lo que puedan pensar.
Tampoco quiero que sientan lástima por mí.
Quiero algo mucho más sencillo:
quiero que sigan viéndome como su padre.
Habrá momentos en los que necesitaré ayuda.
Y cuando eso ocurra, ayúdenme.
Pero antes de hacerlo, pregúntenme.
No decidan por mí lo que puedo o no puedo hacer.
No me quiten la oportunidad de intentarlo.
Si necesito orientación, guíenme.
Si necesito apoyo, acompáñenme.
Si me equivoco, tengan paciencia.
Y si logro hacer algo que parecía difícil, no me miren con sorpresa como si hubiera realizado un milagro.
Simplemente sonrían conmigo.
Porque tener una discapacidad no significa haber dejado de ser capaz.
Quizá ahora tenga que hacer algunas cosas de manera diferente.
Quizá necesite aprender nuevas formas de moverme, de trabajar, de utilizar la tecnología o de desenvolverme en lugares que antes conocía perfectamente.
Pero sigo aprendiendo.
Sigo creciendo.
Sigo siendo independiente en muchas cosas.
Y, sobre todo, sigo teniendo derecho a construir mi propia vida.
También habrá días difíciles.
Días en los que me enoje.
Días en los que me sienta cansado.
Días en los que extrañe profundamente poder ver sus rostros.
No tengan miedo de acompañarme también en esos días.
No necesitan encontrar las palabras perfectas.
A veces bastará con sentarse a mi lado.
Con escucharme.
Con tomarme del brazo cuando necesite orientación.
Con decirme:
«Papá, estamos contigo»
Eso puede significar muchísimo.
Pero hay algo más que quiero pedirles.
No permitan que mi ceguera se convierta en una razón para alejarme de ustedes.
No dejen de invitarme.
No dejen de preguntarme.
No dejen de contar conmigo.
No piensen qué porque ahora no puedo ver, ya no puedo disfrutar una reunión familiar, escuchar una historia, opinar sobre un problema, reírme de una broma o compartir un momento importante.
No me excluyan para protegerme.
Pregúntenme qué necesito.
Déjenme decidir.
Y si alguna vez no saben cómo ayudarme, no tengan miedo de preguntarme.
Yo también estoy aprendiendo a vivir esta nueva etapa.
Quizá ustedes tengan que aprender conmigo.
Y eso está bien.
La discapacidad puede cambiar la manera en que una familia hace algunas cosas.
Pero no tiene por qué cambiar el amor que existe dentro de ella.
Por eso, hijos míos, cuando algún día me vean caminar con mi bastón, utilizar tecnología para leer, pedirles que me orienten o necesitar que me describan algo que ustedes pueden ver, no piensen:
«Pobre papá.»
Piensen:
«Ahí está papá, aprendiendo una nueva manera de seguir adelante»
Y cuando alguien pregunte quién soy, no tengan miedo de decirlo.
«Es mi papá»
Con orgullo.
Porque mi ceguera no borra nuestra historia.
No borra los años que hemos compartido.
No borra lo que les enseñé ni lo que ustedes me han enseñado.
No borra nuestras fotografías, aunque yo ya no pueda verlas.
No borra nuestros abrazos.
No borra nuestras risas.
No borra nuestro amor.
Y tampoco borra mi lugar en esta familia.
Quizá algún día ustedes tengan que guiarme para cruzar una calle.
Pero recuerden que durante muchos años fui yo quien intentó guiarlos por la vida.
Ahora no se trata de devolverme una deuda.
Se trata de acompañarnos mutuamente.
Porque una familia no está para caminar siempre al mismo ritmo.
Está para esperarse, sostenerse, escucharse y seguir caminando junta cuando alguno necesita un poco más de apoyo.
Así que no tengan miedo de mi ceguera.
No se avergüencen de ella.
No me escondan.
No me ignoren.
No me sustituyan.
Acompáñenme.
Con cariño.
Con respeto.
Con paciencia.
Con empatía.
Y, sobre todo, con amor.
Porque quizá mis ojos dejaron de mirar el mundo como antes.
Pero mi corazón sigue reconociendo perfectamente a quienes más amo.
Y entre todas las cosas que puedo perder en esta vida, hay una que jamás quisiera perder:
el lugar que tengo en sus corazones como su padre.
Con todo mi amor,
Papá.
Carta escrita por José Antonio Anguiano Cortés que se publica en el blog HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo bajo la responsabilidad del autor.
