Cuando la escuela deja de ser un espacio seguro, la educación pierde parte de su sentido.
Hay lugares a los que niñas, niños y adolescentes deberían llegar con ilusión, curiosidad y entusiasmo por aprender. Uno de ellos es la escuela. Un espacio que tendría que representar oportunidades, convivencia, crecimiento, amistad y desarrollo, pero que, para muchos, se ha convertido en un escenario de miedo, humillación, rechazo y sufrimiento.
El 5 de noviembre conmemoramos el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso Escolar, incluido el Ciberacoso, una fecha impulsada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que nos invita a reconocer una realidad que no podemos seguir minimizando, justificando ni escondiendo: la violencia entre estudiantes y sus consecuencias en la salud física, emocional, psicológica y en el desarrollo educativo de quienes la padecen.
Porque no, el acoso escolar no es una broma, no es una travesura propia de la edad, no es una forma de hacerse fuerte y mucho menos una experiencia que todas las personas deban soportar para aprender a defenderse.
Es violencia. Y ninguna niña, ningún niño ni ningún adolescente tiene por qué acostumbrarse a vivir con ella.
Cuando las palabras también golpean.
El acoso escolar puede manifestarse de distintas maneras: agresiones físicas, insultos, amenazas, burlas, apodos ofensivos, humillaciones, aislamiento deliberado, discriminación y exclusión.
En ocasiones, la violencia no ocurre frente a toda la escuela. Se esconde en un comentario, una mirada, una risa compartida, un mensaje o una invitación que nunca llega.
Y cuando pensamos que al terminar las clases también termina el problema, aparece otra realidad: el ciberacoso.
Las redes sociales, los grupos de mensajería y las plataformas digitales pueden convertirse en instrumentos para amenazar, exhibir, ridiculizar, difundir fotografías sin consentimiento, propagar rumores y multiplicar las agresiones.
La diferencia es que el acoso ya no necesariamente termina cuando suena la campana de salida. Puede perseguir a la víctima hasta su casa, instalarse en su teléfono y acompañarla durante prácticamente todo el día.
Una publicación puede compartirse cientos de veces. Una fotografía puede convertirse en motivo de burla para miles de personas. Y un comentario aparentemente insignificante puede provocar un daño emocional que nadie alcanza a dimensionar.
La tecnología debe servir para acercarnos, aprender y construir oportunidades, nunca para convertirnos en instrumentos de humillación.
Cuando la discapacidad se convierte en motivo de burla.
Desde la perspectiva de la inclusión, existe una realidad que merece nuestra atención particular: las niñas, niños y adolescentes con discapacidad también pueden enfrentar situaciones de acoso, discriminación y violencia relacionadas con su condición.
Burlarse de quien no puede ver, imitar la manera de hablar de una persona con discapacidad auditiva, ridiculizar a quien utiliza una silla de ruedas, esconder un bastón blanco, obstaculizar el desplazamiento de un compañero o excluir deliberadamente a alguien de las actividades escolares no son bromas inocentes.
Son manifestaciones de discriminación y violencia.
También lo son los comentarios que descalifican las capacidades de una persona, las expresiones que la hacen sentir inferior o las actitudes que le transmiten que no pertenece a ese espacio.
Y hay algo todavía más preocupante: cuando estas conductas se normalizan, cuando los compañeros se ríen, cuando los docentes no intervienen o cuando las familias consideran que son cosas de niños, la víctima termina enfrentándose no solamente a quien la agrede, sino también a un entorno que parece no escucharla.
Una escuela verdaderamente inclusiva no es aquella que simplemente permite que una niña o un niño con discapacidad ingrese a sus instalaciones. Es aquella que garantiza su participación, respeta su dignidad, reconoce sus capacidades, elimina barreras y protege su integridad.
La discapacidad nunca debe convertirse en una razón para agredir, excluir o limitar el derecho de alguien a aprender, convivir y ser feliz.
El silencio también puede hacer daño.
Uno de los mayores obstáculos para combatir el acoso escolar es la indiferencia.
La de quienes observan una agresión y prefieren no intervenir. La de quienes escuchan una burla y deciden reírse. La de quienes saben que un compañero está sufriendo, pero consideran que no es asunto suyo.
Y también la de los adultos que, aun teniendo la responsabilidad de proteger, minimizan lo ocurrido.
No podemos exigirles a las víctimas que hablen si no les hemos demostrado que estamos dispuestos a escucharlas.
No podemos pedirles que denuncien si después serán cuestionadas, culpabilizadas o expuestas nuevamente a la violencia.
No podemos hablar de educación en valores mientras permitimos que la humillación forme parte de la convivencia cotidiana.
Necesitamos familias que escuchen sin juzgar, docentes preparados para identificar y atender estas situaciones, autoridades escolares que actúen oportunamente y comunidades educativas que comprendan que prevenir la violencia es una responsabilidad compartida.
Y necesitamos enseñar algo fundamental: quien presencia una agresión y decide no participar en ella ya está dando un primer paso, pero también debe aprender a buscar ayuda y no convertirse en cómplice del silencio.
¿Qué podemos hacer?
Combatir el acoso escolar requiere mucho más que organizar una conferencia al año o colocar un cartel con mensajes de respeto en los pasillos.
Necesitamos acciones permanentes y compromisos concretos:
1. Escuchar a niñas, niños y adolescentes, tomar en serio sus preocupaciones y ofrecerles confianza para hablar.
2. Enseñar desde casa y desde la escuela que las diferencias no justifican la discriminación ni la violencia.
3. Establecer mecanismos accesibles, seguros y confidenciales para denunciar situaciones de acoso.
4. Capacitar a docentes y personal educativo para identificar señales de violencia y actuar oportunamente.
5. Promover el uso responsable de las tecnologías y las redes sociales.
6. Atender el ciberacoso sin minimizarlo y conservar las evidencias necesarias para su denuncia.
7. Garantizar que los protocolos de prevención y atención también contemplen las necesidades de estudiantes con discapacidad.
8. Acompañar a las víctimas sin culpabilizarlas y trabajar con quienes ejercen la violencia para modificar sus conductas y evitar que se repitan.
No se trata solamente de castigar a quien agrede. Se trata de construir comunidades educativas donde la violencia no encuentre espacio para crecer.
Una escuela segura es un derecho, no un privilegio.
La educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos, aprender matemáticas, historia o ciencias. También implica aprender a convivir, reconocer la dignidad de los demás, respetar las diferencias y comprender que ninguna persona tiene derecho a lastimar a otra.
Una escuela que permite el acoso no solamente está fallando en la protección de sus estudiantes; también está comprometiendo su derecho a aprender, desarrollarse y construir un proyecto de vida.
Por eso, esta conmemoración debe convertirse en una oportunidad para revisar lo que estamos haciendo, reconocer lo que nos falta y asumir compromisos que se traduzcan en cambios reales.
No esperemos a que una niña deje de querer ir a la escuela, a que un niño pierda la confianza en sí mismo o a que un adolescente encuentre en el aislamiento la única manera de escapar de sus agresores.
No esperemos a que el daño sea irreparable para comenzar a actuar.
Para reflexionar y actuar.
Quiero cerrar con tres preguntas que vale la pena llevar a nuestras familias, escuelas y comunidades:
¿Estamos enseñando a nuestras niñas, niños y adolescentes a respetar las diferencias o solamente les estamos pidiendo que aprendan a convivir con ellas?
¿Estamos escuchando a quienes sufren acoso o esperamos que encuentren por sí mismos la manera de defenderse?
Y, quizá la más importante: si mañana una niña o un niño nos dijera que tiene miedo de ir a la escuela porque sus compañeros lo agreden, ¿estaríamos preparados para escucharle, creerle y actuar?
Desde HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo, sostenemos que ninguna diferencia debe convertirse en motivo de exclusión y que ninguna persona debe tener que soportar violencia para ganarse un lugar en la sociedad.
Hagamos de nuestras escuelas espacios donde nadie tenga que esconder quién es, donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza y donde el respeto no dependa de las capacidades, características o circunstancias de cada estudiante.
Porque una escuela verdaderamente inclusiva no es aquella en la que todos son iguales, sino aquella en la que todas las personas, con sus diferencias y particularidades, tienen las mismas oportunidades de aprender, participar, convivir y crecer.
No necesitamos niñas, niños y adolescentes que aprendan a soportar la violencia. Necesitamos adultos que aprendamos a detenerla.
La pregunta ya no es si podemos hacer algo para combatir el acoso escolar. La pregunta es: ¿Qué estamos esperando para hacerlo?
Artículo escrito por José Antonio Anguiano Cortés que se publica en el blog HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo bajo la responsabilidad del autor
