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Salud mental y redes sociales: cuando la conexión comienza a desconectarnos.

joven sentado tocándose la cabeza y viendo un celular.

El problema no está en tener redes sociales, sino en permitir que ellas comiencen a tenernos a nosotros.

Cada 10 de octubre conmemoramos el Día Mundial de la Salud Mental.

Y quizá este año debamos hacernos una pregunta que incomoda: ¿Las redes sociales están ayudándonos a sentirnos más acompañados o están consiguiendo que nos sintamos más solos mientras estamos permanentemente conectados?

No tengo la intención de demonizar las redes sociales, sería injusto. Las redes también pueden acercarnos a personas que están lejos, permitirnos encontrar información, crear comunidades, denunciar injusticias, aprender, compartir experiencias y descubrir que no somos los únicos que enfrentamos determinadas circunstancias.

Para muchas personas con discapacidad, incluso pueden convertirse en una herramienta extraordinaria para combatir el aislamiento, encontrar apoyo y hacer visible aquello que durante mucho tiempo permaneció ignorado.

Pero una herramienta puede utilizarse para construir o para lastimar. Y ahí está el verdadero problema. Cuando dejamos de utilizar las redes y comenzamos a depender de ellas.

La preocupación de especialistas y organismos de salud no surge de la nada.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido sobre el crecimiento del uso problemático de las redes sociales entre adolescentes y ha señalado que el impacto de la tecnología sobre la salud mental puede ser tanto positivo como negativo.

El problema aparece cuando perdemos el control.

Cuando necesitamos revisar constantemente quién reaccionó a nuestra publicación.

Cuando nuestro estado de ánimo depende de los «me gusta».

Cuando comenzamos a compararnos con vidas aparentemente perfectas que vemos en una pantalla.

Cuando una crítica de alguien que ni siquiera conocemos puede arruinarnos el día.

Cuando dejamos de dormir por continuar conectados.

Cuando tenemos cientos o miles de seguidores, pero sentimos que no tenemos con quién hablar realmente.

Y cuando aquello que comenzó como una forma de comunicación termina convirtiéndose en una fuente permanente de ansiedad, frustración, comparación o aislamiento.

Entonces ya no estamos utilizando la tecnología: la tecnología comienza a utilizarnos a nosotros.

La trampa de compararnos con vidas que no conocemos.

Hay algo particularmente peligroso en las redes sociales: nos permiten comparar nuestra vida real con la versión editada de la vida de los demás.

Nosotros conocemos nuestras preocupaciones, nuestros errores, nuestros problemas económicos, nuestras inseguridades, nuestras pérdidas y nuestras dificultades.

Pero de los demás muchas veces solamente vemos la fotografía bonita.

El viaje.

La sonrisa.

El éxito.

El cuerpo perfecto.

La familia feliz.

El negocio que prospera.

El premio.

La fiesta.

Y podemos terminar preguntándonos:

«¿Por qué todos parecen estar bien menos yo?»

La respuesta es sencilla:

Porque las redes sociales no son la vida completa de nadie.

Son solamente una parte de ella.

Y para las personas con discapacidad también existe un peligro.

Las redes sociales han sido fundamentales para que muchas personas con discapacidad puedan levantar la voz.

Gracias a ellas hemos podido denunciar barreras, combatir prejuicios, compartir experiencias y demostrar que las personas con discapacidad no somos objetos de lástima ni personas que debamos permanecer al margen de la sociedad.

Pero también enfrentamos otro problema: la discapacidad puede convertirse en contenido que otros consumen sin comprender a la persona que existe detrás de la pantalla.

Una fotografía puede provocar miles de «me gusta».

Una historia de superación puede hacerse viral.

Una persona puede ser convertida en inspiración para los demás simplemente por realizar actividades cotidianas.

Y detrás de esa publicación existe una persona que también tiene días malos, frustraciones, miedo, cansancio y derecho a no sentirse fuerte todo el tiempo.

La salud mental también significa comprender que una persona con discapacidad no tiene la obligación de ser ejemplo de fortaleza las 24 horas del día.

Entonces, ¿debemos abandonar las redes?: No.

Y aquí está precisamente mi desacuerdo con quienes presentan el problema de una manera demasiado sencilla.

No creo que la solución sea decir: «Las redes sociales son malas. Dejemos de utilizarlas». La realidad es mucho más compleja.

La propia Organización Mundial de la Salud (OMS), reconoce que existen beneficios y riesgos, y que hacen falta herramientas para que niñas, niños, adolescentes y adultos puedan relacionarse con los entornos digitales de una manera más segura y saludable.

El objetivo no debería ser desconectarnos del mundo. Debería ser aprender a conectarnos sin desconectarnos de nosotros mismos.

La acción comienza con algo muy sencillo.

Por eso, desde HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo, hoy queremos hacer una invitación concreta.

Durante los próximos siete días, haz una pausa digital consciente.

No tienes que abandonar tus redes.

No tienes que borrar tus aplicaciones.

No tienes que desaparecer de internet.

Haz algo mucho más sencillo:

Cada día:

1. Elige una hora del día completamente libre de redes sociales. Una hora sin Facebook, TikTok, Instagram, X, YouTube ni ninguna otra plataforma.

2. Durante esa hora haz algo que te conecte con la vida real. Habla con alguien, sal a caminar, lee, escucha música, toma un café, convive con tu familia, practica algún pasatiempo, o simplemente quédate en silencio.

3. Antes de dormir, pregúntate: ¿Hoy las redes sociales me hicieron sentir mejor o peor?

Y añade una pregunta todavía más importante: ¿Yo estoy decidiendo cuándo conectarme o alguien más está decidiendo por mí?

No necesitas publicar el resultado.

No necesitas demostrarle nada a nadie.

Es un ejercicio para ti.

Y hagamos algo más.

Si durante estos siete días descubres que puedes pasar una hora sin redes y te sientes mejor, conserva esa hora. Porque quizá no necesitamos menos tecnología. Quizá necesitamos más control sobre la manera en que la utilizamos.

Y si descubres que no puedes hacerlo, que la ansiedad aparece, que necesitas regresar constantemente al teléfono o que las redes están afectando seriamente tu sueño, tus relaciones, tus actividades o tu estado de ánimo, no lo ignores.

Hablar con alguien y buscar apoyo profesional también es cuidar nuestra salud mental. Pedir ayuda no significa estar débil, significa reconocer que nuestra salud merece atención.

Reflexión final: este 10 de octubre, hagamos algo diferente.

El lema oficial del Día Mundial de la Salud Mental 2026 es: «Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real».

Y me parece que esa invitación también puede aplicarse a nuestra relación con las redes sociales. La Organización Mundial de la Salud llama este año a pasar de escuchar a actuar y a colocar las experiencias de las personas en el centro de las decisiones sobre salud mental.

Por eso, este 10 de octubre no solamente compartamos una imagen sobre salud mental.

Hagamos algo por ella.

Apaguemos durante una hora el ruido de las redes y encendamos una conversación con alguien que queremos.

Preguntemos:

«¿Cómo estás?»

Pero hagámoslo de verdad.

Y quedémonos a escuchar la respuesta.

Porque quizá el problema de nuestra época no sea que estemos demasiado conectados. Quizá sea que estamos demasiado conectados a las pantallas y demasiado desconectados de las personas.

La salud mental también necesita presencia. Y esa… no se descarga de ninguna aplicación.

 

Artículo escrito por José Antonio Anguiano Cortés que se publica en el blog HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo bajo la responsabilidad del autor.

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