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El corazón también habla: ¿sabemos cómo escucharlo?

doctora con un un baumanómetro y un corazón de papel en color rojo en la mano

29 de septiembre, Día Mundial del Corazón: A veces no nos pide que hagamos más. Nos pide que nos detengamos, que lo escuchemos y que entendamos que cuidarlo también es una forma de amar la vida.

Hay sonidos que forman parte de nuestra vida y casi nunca escuchamos. El ruido de la calle, la lluvia, nuestra propia respiración, y hay uno que nos acompaña desde antes de que tengamos conciencia de nuestra existencia: el latido de nuestro corazón.

Late cuando estamos tranquilos. Late cuando corremos. Late cuando nos emocionamos. Late cuando tenemos miedo. Late cuando abrazamos a alguien que queremos. Y sigue latiendo incluso cuando nosotros olvidamos que está ahí.

Por eso resulta curioso que algo tan importante pueda pasar tan fácilmente desapercibido. Hasta que un día deja de hacerlo.

Un corazón que trabaja sin descanso.

El corazón es un órgano extraordinario. Tiene aproximadamente el tamaño de un puño y trabaja día y noche para enviar sangre, oxígeno y nutrientes a todo nuestro organismo. La Federación Mundial del Corazón estima que puede llegar a latir alrededor de 100 mil veces al día.

No pide vacaciones. No se jubila. No espera a que terminemos nuestros pendientes. Simplemente trabaja. Y quizá por eso cometemos un error: confundimos su silencio con una garantía de que todo está bien, pero no siempre es así.

Las enfermedades cardiovasculares pueden avanzar sin producir síntomas evidentes. Incluso algunos de sus principales factores de riesgo, como la hipertensión arterial y el colesterol elevado, pueden permanecer silenciosos durante mucho tiempo.

Por eso, sentirnos bien no significa necesariamente que podamos olvidarnos de nuestro corazón.

Hay mensajes que no debemos ignorar.

Nuestro cuerpo tiene distintas maneras de decirnos que algo no está bien. Y el corazón también puede enviar señales.

1. Dolor o presión en el pecho.

2. Dificultad para respirar.

3. Palpitaciones.

4. Mareos.

5. Desmayos.

6. Cansancio inusual.

7. Dolor o molestias que pueden extenderse hacia los brazos, el cuello, los hombros, la mandíbula o la espalda.

Son algunas de las señales que pueden relacionarse con problemas cardiovasculares.

Pero aquí hay algo muy importante: no todos los problemas del corazón se presentan de la misma manera. Algunas personas pueden tener síntomas diferentes o incluso no presentar síntomas claros. Por eso no debemos acostumbrarnos a decir:

“Seguro no es nada”.

“Ya se me pasará”.

“Estoy cansado porque trabajé mucho”.

“Es solamente estrés”.

“Después voy al médico”.

Porque cuando se trata del corazón, esperar no siempre es una buena estrategia. Si una persona presenta dolor en el pecho, dificultad para respirar o se desmaya, debe buscar atención médica de emergencia. Escuchar al cuerpo también significa saber cuándo pedir ayuda.

El corazón no siempre avisa con un grito.

Estamos acostumbrados a pensar que una emergencia médica tiene que comenzar con una señal espectacular. Pero el corazón no siempre grita. A veces sus señales pueden ser discretas.

Una presión extraña.

Un cansancio que no parece normal.

Una falta de aire inesperada.

Una molestia que aparece y desaparece.

Un cambio que antes no estaba.

Y aquí aparece una de las grandes enseñanzas del Día Mundial del Corazón: no esperemos a que el corazón tenga que gritar para comenzar a escucharlo. La prevención empieza mucho antes de una emergencia.

Conocer nuestros números también es cuidar el corazón.

Hay números que deberíamos conocer: Nuestra presión arterial, nuestro nivel de glucosa, nuestro colesterol, nuestro peso y otros indicadores que el personal de salud considere importantes de acuerdo con nuestra situación. ¿Por qué?, porque algunos factores de riesgo pueden permanecer ocultos mientras nosotros continuamos con nuestra vida cotidiana.

La Federación Mundial del Corazón recomienda conocer y controlar factores como la presión arterial, el colesterol y la glucosa, especialmente porque pueden ayudar a identificar y manejar el riesgo cardiovascular.

No se trata de vivir obsesionados con los números. Se trata de no vivir de espaldas a nuestra propia salud.

Cuidar el corazón no es una moda.

Cuidar nuestro corazón no significa comenzar una dieta extrema durante una semana. Tampoco significa convertir nuestra vida en una competencia deportiva. Y mucho menos significa sentir culpa cada vez que comemos algo que nos gusta.

Cuidar el corazón significa construir hábitos que podamos mantener:

· Alimentarnos de manera saludable.

· Mover nuestro cuerpo con regularidad y de acuerdo con nuestras posibilidades.

· No fumar.

· Evitar el consumo nocivo de alcohol.

· Controlar los factores de riesgo que tengamos.

· Dormir adecuadamente.

· Atender las indicaciones de nuestros profesionales de la salud.

· Y hacernos las revisiones que correspondan.

La Organización Mundial de la Salud identifica la alimentación poco saludable, la inactividad física, el consumo de tabaco y el consumo nocivo de alcohol entre los principales factores conductuales relacionados con las enfermedades cardiovasculares.

La prevención no es una acción espectacular. Muchas veces es una suma de pequeñas decisiones repetidas todos los días.

También hay que aprender a cuidar el corazón de los demás.

Cuando hablamos del corazón pensamos inmediatamente en nosotros. Pero hay otra dimensión que pocas veces mencionamos: el cuidado de los demás.

Podemos ayudar a una persona a recordar una consulta médica, podemos acompañarla a realizarse un estudio, podemos aprender a reconocer señales de emergencia, podemos dejar de minimizar los síntomas de alguien.

Podemos decir: “Vamos a revisarlo”. En lugar de: “Seguro no es nada”.

Porque acompañar también puede salvar tiempo. Y cuando existe una emergencia cardiovascular, el tiempo puede ser decisivo.

Y aquí hay algo que no quiero dejar fuera: la discapacidad.

Hablar de salud también significa hablar de accesibilidad. Una persona con discapacidad tiene derecho a recibir información comprensible, atención médica accesible y un trato digno.

No basta con decir que los servicios de salud están disponibles. Hay que preguntarnos:

¿Puede una persona ciega acceder a la información sobre su tratamiento?

¿Puede una persona sorda recibir una explicación que realmente comprenda?

¿Puede una persona usuaria de silla de ruedas entrar y desplazarse dentro de un servicio de salud?

¿Los materiales de prevención están disponibles en formatos accesibles?

¿El personal de salud sabe comunicarse con personas con distintas discapacidades?

La prevención también debe ser incluyente. Porque el corazón no discrimina, pero nuestras barreras sociales sí pueden dificultar que algunas personas reciban información, prevención, diagnóstico y atención oportunos.

Cuidar el corazón de todos también significa construir servicios de salud donde nadie quede fuera.

No esperemos a tener una segunda oportunidad.

Hay una frase que escuchamos con frecuencia: “Hay que valorar la vida”.

Pero valorar la vida no debería ser solamente una reflexión después de una enfermedad, un accidente o una pérdida. Debería ser una decisión cotidiana.

Valorar la vida es acudir a una revisión, aunque nos sintamos bien.

Es tomar en serio nuestros factores de riesgo.

Es movernos.

Es alimentarnos mejor.

Es dejar un hábito que sabemos que nos hace daño.

Es tomar correctamente un tratamiento cuando ha sido indicado.

Es pedir ayuda cuando algo cambia.

Es escuchar nuestro cuerpo.

Y también es decirle a quienes amamos: “Cuídate”.

No desde el miedo.

Desde el amor.

El corazón también nos recuerda que somos humanos.

Quizá por eso el corazón ocupa un lugar tan especial en nuestra cultura.

Lo dibujamos cuando hablamos de amor.

Lo mencionamos cuando hablamos de valentía.

Lo ponemos en cartas, canciones, fotografías y recuerdos.

Decimos: “Te quiero con todo mi corazón”.

Pero quizá deberíamos agregar una frase más: “Te quiero, por eso quiero que cuides tu corazón”.

Porque amar la vida también implica cuidarla.

Y cuidar nuestro corazón no significa tener miedo de cada latido.

Significa aprender a respetarlo.

Una razón muy personal para hablar del corazón.

Este artículo también tiene una razón muy cercana a mi corazón: René, mi amigo, mi compañero de estudios y compadre, quien el pasado mes de julio enfrentó un problema cardíaco que requirió su hospitalización de emergencia. Hoy, afortunadamente, se encuentra recuperándose y siguiendo los cuidados necesarios. Me alegra profundamente saber que salió adelante, y su experiencia me recordó que cuidar nuestro corazón no es un asunto para después.

Reflexión final: No esperes a que tu corazón se detenga para empezar a escucharlo.

Este 29 de septiembre, Día Mundial del Corazón, quizá no necesitamos hacer una gran promesa. Podemos comenzar con algo mucho más sencillo. Preguntarnos:

¿Cuándo fue la última vez que revisé mi presión arterial?

¿Conozco mis niveles de glucosa y colesterol?

¿Estoy haciendo algo para cuidar mi corazón?

¿Hay algún hábito que sé que debería cambiar?

¿Estoy ignorando alguna señal de mi cuerpo?

Y después de preguntarnos, hacer algo. Porque saber no basta. La prevención necesita convertirse en acción.

Nuestro corazón lleva toda la vida trabajando por nosotros. No espera aplausos. No pide reconocimiento. Simplemente late. Una vez. Y otra. Y otra. Y otra. Hasta completar millones y millones de latidos.

Por eso, quizá hoy sea un buen día para hacer una pausa, poner una mano sobre el pecho y recordar algo que a veces olvidamos: tenemos un corazón, pero no tenemos un corazón de repuesto. No esperemos a perder un latido para comprender su valor.

Escuchémoslo hoy. Cuidémoslo hoy. Y hagamos que cada latido cuente.

Porque cuidar el corazón… también es una manera de decirle sí a la vida.

 

Artículo escrito por José Antonio Anguiano Cortés que se publica en el blog HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo bajo la responsabilidad del autor.

 

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