23 de abril, día del idioma español: entre palabras, conciencia y responsabilidad.
Cada 23 de abril celebramos algo que no solo nos permite comunicarnos, sino también construir identidad, cultura y comunidad: nuestro idioma español. Una lengua viva, rica, diversa, profundamente hermosa, pero también en constante transformación.
En los últimos años, el español ha sido escenario de uno de los debates más intensos de nuestra época: el lenguaje incluyente. Un debate que, lejos de ser superficial, toca fibras profundas relacionadas con la justicia, la visibilidad y el reconocimiento de todas las personas.
Y aquí es donde surge una tensión interesante: ¿hasta dónde el lenguaje puede o debe cambiar para incluir? ¿Y en qué momento ese intento termina generando confusión?
Cuando el lenguaje quiere incluir, pero termina confundiendo.
La inclusión verdadera no se logra deformando las palabras, sino ampliando nuestra manera de mirar a las personas.
En los últimos años, especialmente en contextos de reflexión social, el debate sobre el lenguaje incluyente ha ganado presencia en conversaciones cotidianas, medios de comunicación, universidades y redes sociales.
La intención detrás de este movimiento es profundamente valiosa: visibilizar a quienes durante mucho tiempo no fueron nombradas o fueron invisibilizadas en el discurso público.
Durante siglos, muchas expresiones del lenguaje cotidiano asumieron que lo masculino representaba a toda la humanidad. Por ello, en distintos espacios sociales surgió la inquietud de nombrar explícitamente a quienes históricamente no aparecían en el discurso.
Sin embargo, en ese legítimo intento de inclusión, a veces el lenguaje se fuerza de tal manera que termina generando confusión, errores gramaticales o incluso rechazo en quienes escuchan o leen.
El desafío, entonces, no es menor: cómo hacer que el lenguaje sea más incluyente sin perder claridad, precisión ni sentido.
Tres formas de intentar un lenguaje más incluyente.
Hoy conviven en el mundo hispanohablante, principalmente, tres estrategias para hablar de manera más inclusiva.
1. El desdoblamiento del lenguaje
Es quizá la forma más conocida y socialmente aceptada.
Ejemplos: • “Todas y todos” • “Las ciudadanas y los ciudadanos” • “Las y los estudiantes”
Esta estrategia tiene la ventaja de visibilizar explícitamente a las mujeres, lo cual puede ser particularmente importante en contextos institucionales, educativos o políticos.
No obstante, cuando se utiliza en exceso, los discursos pueden volverse pesados, repetitivos o poco naturales.
2. El lenguaje neutro
En años recientes, algunos grupos han promovido el uso de terminaciones neutras como:
• “todes” • “nosotres” • “amigues”
El objetivo es incluir también a personas que no se identifican dentro del binomio tradicional hombre–mujer.
Sin embargo, este tipo de expresiones no forma parte del español normativo, por lo que su uso sigue siendo motivo de debate lingüístico, académico y social.
Para algunas personas representa un avance en materia de inclusión; para otras, una modificación artificial del idioma.
3. La modificación forzada de palabras
Aquí aparece uno de los fenómenos más polémicos: cambiar palabras que no admiten variación de género.
Por ejemplo: • decir “contingentas” en lugar de contingentes • decir “jóvenas” en lugar de jóvenes
Desde el punto de vista lingüístico, estos cambios no son correctos, porque esas palabras no tienen una forma femenina distinta.
El resultado puede ser que la intención inclusiva se diluya en un error gramatical que distrae del mensaje principal.
La inclusión no siempre requiere cambiar las palabras.
Una de las grandes paradojas del debate sobre el lenguaje incluyente es que muchas veces sí es posible hablar con inclusión sin deformar el idioma.
Por ejemplo, en lugar de decir: “las contingentas marcharán”
podemos expresar la misma idea de forma clara y correcta:
• las integrantes del contingente • las participantes del contingente • los contingentes de mujeres
Estas alternativas mantienen la precisión del idioma y la intención incluyente, demostrando que el español tiene suficientes recursos para nombrar con respeto y claridad.
Nombrar bien también es incluir.
La verdadera inclusión no se logra únicamente cambiando palabras, sino cambiando miradas.
Nombrar con respeto, reconocer la diversidad de experiencias humanas y abrir espacios reales de participación son acciones mucho más profundas que cualquier modificación gramatical.
El lenguaje puede acompañar esos cambios, pero no sustituirlos.
Tal vez el reto no sea inventar palabras apresuradamente, sino usar el idioma con conciencia, sensibilidad y responsabilidad.
Porque cuando el lenguaje se usa bien, no solo comunica ideas.
También construye puentes de respeto, reconocimiento y dignidad entre las personas.
Reflexión Final.
En tiempos donde la inclusión es una aspiración legítima de nuestras sociedades, vale la pena recordar algo fundamental: las palabras importan, pero las actitudes importan aún más.
Podemos cambiar todas las terminaciones del idioma, pero si no cambiamos la forma en que tratamos, escuchamos y valoramos a las personas, la inclusión seguirá siendo solo un discurso.
El verdadero desafío es lograr que cada persona sea vista, escuchada y respetada en su dignidad, no solo en el lenguaje, sino en la vida cotidiana.
Y cuando eso sucede, el idioma deja de ser un campo de batalla… para convertirse en una herramienta de encuentro.
Pregunta para reflexionar.
En una sociedad que busca ser cada vez más justa e incluyente, vale la pena preguntarnos:
¿Estamos transformando realmente nuestra manera de mirar a las personas, o solo estamos cambiando las palabras con las que las nombramos?
Artículo escrito por José Antonio Anguiano Cortés que se publica en el blog HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo bajo la responsabilidad del autor
