Salud, estigma y la urgencia de una mirada inclusiva.
El 4 de marzo, en el Día Mundial de la Obesidad, tenemos la oportunidad de reflexionar más allá de cifras y tallas. La obesidad es una condición de salud compleja, influida por factores genéticos, metabólicos, psicológicos, sociales y económicos. Reducirla a “falta de voluntad” no solo es simplista, es una forma de violencia.
Hablar de obesidad exige información clara, pero también sensibilidad humana.
¿Cuándo podemos hablar de obesidad?
La obesidad no se define por una percepción visual ni por estándares estéticos. No es un juicio social, es un diagnóstico médico.
El parámetro más utilizado es el Índice de Masa Corporal (IMC), que se calcula dividiendo el peso en kilogramos entre la estatura en metros al cuadrado.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud:
Sobrepeso: IMC igual o mayor a 25.
Obesidad: IMC igual o mayor a 30.
La obesidad, además, se clasifica en grados:
Obesidad grado I: IMC 30–34.9
Obesidad grado II: IMC 35–39.9
Obesidad grado III (obesidad severa): IMC igual o mayor a 40.
Es importante aclarar que el IMC es una herramienta orientativa. No distingue entre masa muscular y grasa corporal, ni considera la distribución de la grasa en el cuerpo. Por ello, el diagnóstico adecuado debe realizarlo un profesional de la salud, quien también puede valorar el perímetro de cintura, estudios metabólicos y antecedentes clínicos.
El peso del estigma.
Las personas con obesidad enfrentan burlas, discriminación laboral, barreras en servicios de salud y estereotipos constantes. Con frecuencia reciben consejos no solicitados, comentarios humillantes o miradas de juicio.
Este estigma daña la autoestima, deteriora la salud mental y, paradójicamente, dificulta la adopción de hábitos saludables. Cuando alguien es tratado con desprecio, es menos probable que acuda a consulta médica, que se inscriba en un gimnasio o que participe en actividades sociales.
La inclusión comienza cuando entendemos que nadie merece ser definido por su cuerpo.
Aquí conviene hacer una precisión: el término “gordo” es coloquial y subjetivo; la obesidad, en cambio, es una condición médica con criterios clínicos definidos y posibles repercusiones en la salud.
El parámetro más utilizado es el Índice de Masa Corporal (IMC), que se calcula dividiendo el peso en kilogramos entre la estatura en metros al cuadrado.
Enfermedades asociadas a la obesidad.
La obesidad no es solamente una cuestión estética; es un factor de riesgo para múltiples enfermedades crónicas. Entre las más frecuentes se encuentran:
- Diabetes tipo 2.
- Hipertensión arterial.
- Enfermedad cardiovascular (como infartos e insuficiencia cardiaca).
- Colesterol y triglicéridos elevados.
- Apnea del sueño.
- Problemas articulares como la osteoartritis.
- Hígado graso no alcohólico.
- Algunos tipos de cáncer (mama, colon, endometrio).
- Depresión y ansiedad.
En casos más avanzados, puede generar limitaciones funcionales que afectan la movilidad, la autonomía y la participación social.
Obesidad y discapacidad: intersecciones invisibles.
En algunos casos, la obesidad puede provocar limitaciones que impactan la vida diaria. También puede coexistir con otras discapacidades, creando barreras adicionales.
Por otro lado, personas con ciertas discapacidades pueden tener mayor riesgo de desarrollar obesidad debido a dificultades para acceder a espacios de actividad física inclusivos, efectos secundarios de medicamentos o barreras estructurales.
La respuesta no es el juicio, sino políticas públicas inclusivas: espacios accesibles para el ejercicio, atención médica libre de prejuicios y educación alimentaria respetuosa.
¿Qué puede hacer una persona con obesidad?
Es fundamental comprender que no se trata de “culpa”, sino de procesos acompañados.
Algunas acciones respaldadas por evidencia incluyen:
- Evaluación médica integral. Cada caso es distinto. Puede requerirse atención multidisciplinaria: médico, nutriólogo, psicólogo y, en algunos casos, endocrinólogo.
- Cambios graduales y sostenibles. Las dietas extremas suelen fracasar. Lo recomendable es modificar hábitos de manera progresiva y realista, priorizando la constancia sobre la rapidez.
- Actividad física adaptada. No todos pueden iniciar con rutinas intensas. Caminar, ejercicios acuáticos o actividades de bajo impacto pueden ser más seguros y sostenibles.
- Atención a la salud emocional. La relación con la comida puede estar vinculada a ansiedad, estrés o experiencias de discriminación. Trabajar esta dimensión es clave.
- Tratamiento especializado cuando sea necesario. En ciertos casos pueden indicarse medicamentos o cirugía bariátrica, siempre bajo estricta supervisión médica.
Salir de la obesidad no es un acto aislado de fuerza de voluntad; es un proceso integral que requiere información, acompañamiento profesional y un entorno social libre de estigma.
Salud con enfoque humano.
Promover salud no significa promover cuerpos “perfectos”. Significa acompañar procesos desde la empatía. Significa hablar de bienestar integral: físico, emocional y social.
El cambio empieza cuando dejamos de señalar y empezamos a comprender. Cuando sustituimos la burla por información. Cuando reemplazamos el juicio por acompañamiento.
Porque la salud no florece en la humillación. Florece en la dignidad.
Hoy reflexionemos: ¿Estamos promoviendo salud desde la empatía o desde el señalamiento?
Reflexión final: La dignidad no se mide en kilos.
La obesidad nos interpela como sociedad. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de cultura estamos construyendo: una que señala cuerpos o una que acompaña personas.
Promover salud no significa imponer ideales estéticos ni normalizar la humillación disfrazada de consejo. Significa generar entornos donde el bienestar sea posible para todos. Significa hablar de alimentación sin culpa, de movimiento sin vergüenza, de atención médica sin prejuicios.
Cuando entendemos que detrás de cada diagnóstico hay una historia, dejamos de mirar cifras y empezamos a mirar rostros.
La verdadera transformación no ocurre cuando alguien baja de peso; ocurre cuando una sociedad eleva su nivel de conciencia.
Porque el cuerpo puede cambiar con el tiempo, pero la dignidad no debería estar nunca en discusión.
Hoy no solo reflexionemos sobre la obesidad. Reflexionemos sobre nuestra capacidad de empatía.
¿Estamos promoviendo salud desde la compasión y la evidencia… o desde el señalamiento y el prejuicio?
La respuesta que demos hablará no del tamaño de los cuerpos, sino de la grandeza de nuestro corazón.
Artículo escrito por José Antonio Anguiano Cortés que se publica en el blog HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo bajo la responsabilidad del autor

Sí la obesidad es cuestión de salud es muy importante cuidarla y que los padres de familia desde el que uno es pequeño le enseñen la correcta alimentación. Considero que también tiene que ver con la salud mental el saber afrontar la obesidad para poder llevar a cabo un tratamiento correcto. No se trata de figuras perfectas sino de educación física y mental
Estimada Guadalupe, como siempre tus comentarios muy atinados y que reflejan conocimiento del tema del que se trata, coincidimos plenamente contigo en que parte fundamental para evitar la obesidad es que las familias enseñen a sus hijos desde pequeños a comer de manera sana. Saludos cordiales