Una coincidencia matemática que nos invita a reflexionar sobre el paso del tiempo, la memoria colectiva y la inclusión que aún nos debemos.
Al iniciar este año 2026, muchos nos sorprendimos al descubrir un dato curioso: el calendario es exactamente el mismo que el de 1987. Los días caen en las mismas fechas, los meses inician igual y, al menos en apariencia, el tiempo parece habernos llevado de regreso casi cuatro décadas atrás.
¿Es algo extraordinario?
En términos matemáticos, no del todo. Pero en términos humanos, sociales y éticos, sí puede ser una oportunidad poderosa para reflexionar.
¿Por qué se repite el calendario?
El calendario gregoriano, que utilizamos en gran parte del mundo, sigue una lógica muy precisa. Cuando un año no es bisiesto y comienza en el mismo día de la semana que otro año anterior, el calendario se repite. Eso fue lo que ocurrió en 1987 y ocurre ahora en 2026: ambos comenzaron en jueves y ninguno es año bisiesto.
Este fenómeno se da cada cierto número de años y no es una rareza absoluta, pero tampoco es tan frecuente como para pasar desapercibido. Por eso, cuando sucede, suele llamar nuestra atención y despertar una sensación extraña: como si el tiempo hiciera una pausa y nos dijera “mira otra vez”.
El tiempo pasa, pero no todo cambia.
Si comparamos 1987 con 2026, el mundo es profundamente distinto. La tecnología, la forma de comunicarnos, el acceso a la información y la velocidad de la vida cotidiana han cambiado de manera radical. Sin embargo, hay algo inquietante: muchos de los desafíos sociales siguen siendo los mismos.
La exclusión, la discriminación, las barreras para las personas con discapacidad, la invisibilización de grupos vulnerables y la falta de accesibilidad continúan presentes. El calendario puede repetirse, pero las deudas sociales siguen abiertas.
Y aquí surge una pregunta incómoda pero necesaria:
¿Qué tanto hemos avanzado realmente como sociedad?
Memoria, conciencia y responsabilidad.
Que el calendario de 1987 regrese en 2026 puede ser leído como una coincidencia simpática, pero también como una metáfora poderosa. El tiempo nos ofrece una segunda mirada, no para repetir errores, sino para evaluar lo que hemos hecho, o dejado de hacer, con los años que se nos concedieron.
La inclusión no es una moda reciente. En 1987 ya había personas con discapacidad luchando por sus derechos, ya existían voces que denunciaban la discriminación y ya se hablaba, aunque tímidamente, de accesibilidad y justicia social. Hoy, casi cuarenta años después, tenemos más lenguaje, más leyes y más discursos… pero no siempre más acciones.
La inclusión no puede quedarse en el discurso.
Si el calendario se repite, pero nuestras actitudes no evolucionan, el problema no es del tiempo, sino de nosotros. La inclusión verdadera implica revisar nuestras prácticas cotidianas: cómo vemos al otro, cómo diseñamos nuestros espacios, cómo hablamos, cómo escuchamos y a quiénes seguimos dejando fuera sin darnos cuenta.
Cada año que inicia, aunque tenga un calendario “repetido”, es una página en blanco en términos humanos. La diferencia no la marca el día de la semana, sino nuestras decisiones.
Reflexión final: Un llamado desde el presente.
2026 no es 1987. Somos personas distintas, con mayor conciencia y con más herramientas. Por eso, este curioso regreso del calendario puede convertirse en una invitación profunda: no repetir indiferencias, no normalizar exclusiones y no dejar para después lo que ya sabemos que es urgente cambiar.
Que el tiempo se repita no significa que estemos condenados a hacer lo mismo. Al contrario, es una oportunidad para demostrar que hemos aprendido.
Porque al final, la verdadera inclusión no depende del calendario que nos toca vivir, sino del compromiso que asumimos cada día para hacer de este mundo un espacio donde todas las personas, sin excepción, tengan un lugar digno, visible y respetado.
Artículo escrito por José Antonio Anguiano Cortés que se publica en el blog HIT – Hagamos de la Inclusión un Todo bajo la responsabilidad del autor.

