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Mi historia de vida, Sergio Armando Castro Barriga.

De la oscuridad a la luz: Cómo la determinación rescató mi vida.

Siempre he creído que la vida tiene una forma peculiar de ponernos a prueba. Lo que nunca imaginé es que mi prueba llegaría de una forma tan repentina y transformadora. Hoy, quiero compartir con ustedes un pedazo de mi historia, una historia de pérdida, dolor, pero sobre todo, de resiliencia y renacimiento.

Durante 21 años, viví lo que muchos considerarían una vida «normal». Llena de colores, literalmente. Recuerdo la emoción de mis juguetes de niño, las tardes jugando a las escondidas con mis amigos. Más adelante, la libertad de conducir mi auto y mi moto, la pasión por el básquetbol, la natación y el bicicrós llenaban mis días de adrenalina. Y claro, como a muchos, el amor tocó a mi puerta, pintando mi mundo con mariposas y sueños.

Pero, como suele pasar, me dejé seducir por lo fácil, por la «trampa dorada» del confort. El trabajo, el dinero, la diversión… todo parecía estar en su lugar. Abandoné mis estudios, priorizando la gratificación inmediata. Bares, discotecas, viajes… vivía al máximo, sin darme cuenta de que me estaba alejando de mi verdadero potencial.

A los 21, la vida me sonreía. Tenía salud, amor, estabilidad económica. Mi trabajo como electromecánico me daba independencia, y mi novia me amaba con locura. Estábamos a punto de casarnos, construyendo un futuro juntos. Pero el destino, caprichoso como un titiritero, tenía otros planes para mí.

El bicicrós, mi pasión, se convirtió en mi perdición. Un domingo, intentando evitar un tope en la calle, sufrí un accidente. Una fractura aparentemente simple desencadenó una reacción inesperada a la anestesia: mi presión ocular se disparó, dañando mis nervios ópticos. De pronto, la oscuridad se apoderó de mi mundo.

Lo más frustrante es que, cualquier otro día, habría reaccionado diferente. Habría saltado el tope con mi bicicleta. Pero ese día, no sé por qué, tomé la peor decisión posible. Esa cruel ironía cambió mi vida para siempre.

Muchos asocian el duelo con la muerte, pero el duelo es la respuesta emocional a cualquier pérdida significativa. En mi caso, fue la pérdida de la visión. Y como cualquier mortal, tuve que atravesar las etapas del duelo: la negación, la ira, la negociación, la depresión y, finalmente, la aceptación.

Durante meses, viví en la negación, aferrándome a la esperanza de que todo volvería a la normalidad. Luego, la ira me consumió. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Era injusto. Intenté negociar con Dios, con el universo, prometiendo ser una mejor persona si me devolvían la vista. Pero el silencio fue la única respuesta.

La depresión me engulló. Me encerré en mí mismo, sintiéndome inútil, una carga para los demás. Mi vida, mis sueños, mi futuro… todo se había desvanecido en la oscuridad. Toqué fondo. Perdí un año de mi vida, pero también estaba perdiendo otras cosas: mi relación, mi familia, mi propia identidad.

Después de tocar fondo, tuve que enfrentar la pregunta más difícil: ¿cómo reconstruir mi vida? ¿Hacia dónde quiero ir? ¿Qué me motiva ahora? ¿Cómo puedo redescubrirme después de esta adversidad que lo cambió todo?

Las opciones parecían limitadas. ¿Qué podía hacer un ciego? Afortunadamente, me negué a conformarme con las expectativas bajas que algunos tenían para mí. Recuerdo un comentario particularmente hiriente: «Tú ya la tienes hecha. Búscate un buen lugar y estira la mano, y te llegará la feria solita». Esa idea me indignó. Yo no quería vivir de la caridad.

Un día, alguien me habló de un grupo de personas con discapacidad que se reunían en el DIF de mi ciudad. Decidí asistir, buscando algo que me diera esperanza. Y la encontré.

Conocí a personas que, a pesar de sus limitaciones, vivían con alegría y determinación. Aprendí sobre sus actividades, sus trabajos, sus sueños. Me di cuenta de que la discapacidad no era el fin del mundo. Era un nuevo comienzo.

Una doctora me dio el mejor consejo que pude recibir: irme a la Ciudad de México, donde existían escuelas y centros especializados en la rehabilitación de personas ciegas. La idea me aterraba, pero sabía que era lo que tenía que hacer.

Dejar a mi familia no fue fácil, pero mi madre, aunque preocupada, entendió mi determinación. Y así, con el corazón lleno de miedo y esperanza, me embarqué en un viaje que cambiaría mi vida para siempre.

Tuve la suerte de asistir al Congreso Mundial de la Organización Mundial de Personas con Discapacidad, donde conocí a personas que habían pasado por situaciones similares a la mía. Encontré un espejo en el cual reflejarme.

Ahí descubrí la carrera de masoterapeuta. Me intrigó, me inspiró. Sentí que era algo que podía hacer, algo que me permitiría ayudar a otros y ganarme la vida dignamente. Ese congreso fue la señal que estaba esperando.

La Ciudad de México era un mundo desconocido, lleno de peligros y desafíos. Pero con cada paso, con cada obstáculo superado, mi confianza crecía. Aprendí a usar el bastón, a orientarme en el caos de la ciudad, a defenderme de los prejuicios y la sobreprotección.

En la escuela especializada, me sometí a un proceso de rehabilitación integral. Aprendí braille, ábaco, mecanografía, actividades básicas de la vida diaria. Obtuve mi acreditación en tiempo récord, listo para dar el siguiente paso: la carrera de masoterapia.

La carrera fue dura. La teoría, la práctica, los dictados en braille, los traslados en una ciudad implacable… todo era un desafío constante. Pero mi determinación era inquebrantable. Ignoré a quienes me subestimaban y me concentré en mi objetivo: graduarme con honores.

Y lo logré. Obtuve el primer lugar en aprovechamiento de mi grupo. Ese fue el primer gran logro después de mi adversidad, la prueba de que era capaz de todo lo que me propusiera.

Regresé a mi ciudad con un título bajo el brazo y la esperanza de encontrar trabajo. Pero la sociedad aún tenía prejuicios hacia las personas con discapacidad. Muchos dudaban de mi capacidad para desempeñar mis funciones.

Sin embargo, el destino me tenía reservada una sorpresa. Un amigo me habló de un proyecto para crear una unidad de rehabilitación en el DIF de mi ciudad. Presenté mi solicitud y, aunque al principio me encontré con resistencia, finalmente me dieron la oportunidad de demostrar lo que valía.

En mi primer día de trabajo, me pidieron que revisara a una niña con problemas de movilidad. Era mi prueba de fuego, la oportunidad de demostrar mis conocimientos y habilidades.

Confié en mí mismo, apliqué lo que había aprendido, y di mi diagnóstico. La presidenta del DIF quedó impresionada. Había superado la prueba. Había conseguido el trabajo.

A partir de ese día, mi vida cambió para siempre. Me convertí en un miembro valioso de la unidad de rehabilitación. Ayudé a cientos de personas a recuperar su movilidad y su calidad de vida.

Con el tiempo, me convertí en coordinador de la unidad. Obtuve certificaciones, premios y reconocimientos. Instalé mi propio consultorio particular. Alcancé la estabilidad económica y, lo más importante, la satisfacción de hacer lo que amaba.

Volví a encontrar el amor. Me casé y formé una hermosa familia, con dos hijos que son mi motor y mi orgullo.

Pero mi sed de conocimiento no se detuvo ahí. Siempre sentí que tenía algo pendiente, un sueño que había postergado. Y así, muchos años después, decidí retomar mis estudios y cursar la Licenciatura en Derecho. Fue un desafío enorme, equilibrando el trabajo, la familia y la universidad. Pero lo logré, con esfuerzo y dedicación. Obtuve dos preseas al mérito estudiantil y, al final de la carrera, la medalla a la excelencia. ¡Fui el primer lugar de la primera generación de la Universidad Intercultural Indígena de Michoacán, extensión Zamora! Un logro que me llena de orgullo y que demuestra que nunca es tarde para alcanzar tus metas.

Este es el corazón de mi historia, un relato de cómo la oscuridad puede convertirse en luz si tienes la valentía de seguir adelante. La vida me enseñó que la verdadera discapacidad no está en la falta de visión, sino en la falta de voluntad. Y si yo pude, tú también puedes. No importa cuán difícil parezca el camino, recuerda que siempre hay esperanza, siempre hay una oportunidad para renacer. Solo tienes que creer en ti mismo y nunca, nunca rendirte.

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