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Mi historia de vida, Dionisio Trinidad Jacinto Vargas.

Dionisio Trinidad, vestido con un traje negro parado junto a una bandera de la Organización de las Naciones Unidas

Ver para creer no siempre es necesario: la historia de Dionisio, Licenciado en Derecho Internacional.

Un punto de partida diferente.

Nací en Tepotzotlán, el municipio del Estado de México cuyo nombre en náhuatl significa cerro del jorobado. Crecí ahí, en ese paisaje que mezcla el pueblo colonial con la vida cotidiana del Estado de México moderno. Y desde que tengo memoria, el mundo lo he conocido de una manera distinta a la mayoría: sin imágenes, sin colores, sin la referencia visual que para otros es casi el único idioma posible.

Mi discapacidad visual es de nacimiento y es hereditaria. No hubo un accidente, no hubo una enfermedad que la provocara. Simplemente llegué al mundo así, y así aprendí a conocerlo: con las manos, con los oídos, con la curiosidad que, esa sí, nunca me ha faltado.

El día que mi mamá me llevó a la Ciudad de México.

La primera vez que fui consciente de que mi forma de ver el mundo tenía un nombre y una categoría fue el día que mi mamá me llevó al Instituto Nacional de Niños Ciegos y Débiles Visuales, en Coyoacán, Ciudad de México. Fue ella quien me lo explicó. Fue ella quien tomó la decisión de llevarse a su hijo desde Tepotzotlán hasta Coyoacán, sabiendo que el trayecto era largo y que el dinero no sobraba.

Ese instituto cambió mi vida. Durante seis años fui a una casa hogar vinculada a esa institución, donde aprendí cosas que hoy son la base de todo lo que soy: el sistema braille, el ábaco, los primeros rudimentos de la computación con JAWS, el lector de pantalla que en aquel entonces empezaba a abrirse camino en el mundo de la discapacidad visual. Aprendí lo esencial de la educación básica, pero sobre todo aprendí que aprender era posible. Que las limitaciones tienen bordes, y que esos bordes se pueden empujar.

De regreso al pueblo: la secundaria y el reto de la integración.

Llegó un momento en que mis papás decidieron que era mejor que me quedara cerca de casa. Así fue como entré a la Escuela Secundaria Fray Andrés de Castro número 253, aquí en San Mateo Xoloc, la localidad que forma parte del municipio de Tepotzotlán.

Fue un cambio brusco. En el instituto había profesores que sabían cómo enseñarle a alguien como yo. En la secundaria, la mayoría no tenía ni idea. No era mala voluntad, era simplemente que nadie los había preparado para eso. Y yo tuve que aprender a moverme en ese espacio nuevo, a integrarme a una dinámica escolar que no estaba pensada para mí, pero en la que yo tenía que encontrar mi lugar de todas formas.

Fue difícil. Pero también fue la primera vez que aprendí algo que ningún libro me podría haber enseñado: que adaptarse no significa rendirse. Significa encontrar la manera.

La preparatoria: aprender a caminar solo, en todos los sentidos.

La preparatoria fue otro nivel de reto. Porque ya no se trataba solo de seguir el ritmo académico: había que aprender a moverse por la calle, a tomar el transporte público, a ir y venir de un lugar a otro sin que nadie me llevara de la mano.

Al principio mi mamá me acompañó. Pero llegó un momento en que me dejó solo. No como abandono, sino como el acto de confianza más grande que alguien puede hacer: creer que tú puedes, aunque tú mismo no estés seguro todavía. Y pude. Con tropiezos, con nervios, con días en que todo se sentía más complicado de lo necesario. Pero pude.

La universidad: cinco años que lo cambiaron todo.

Después de un año de pausa, entré a la Universidad Autónoma del Estado de México para estudiar la Licenciatura en Derecho Internacional en la Unidad Académica Profesional Cuautitlán Izcalli. Cinco años. Y puedo decir con honestidad que fueron los cinco años más intensos y más formativos de mi vida.

En la universidad la tecnología ya era otra historia. Gracias a las gestiones del maestro José Mauricio Hernández Sarti, entonces coordinador de la Secretaría de Vinculación, Extensión y Promoción de la Empleabilidad de la universidad, tuve acceso a equipos tiflotécnicos tanto en la sala de cómputo como en la biblioteca: sistema operativo con JAWS, teclado en braille, impresora braille. Llegué a tener acceso a dos equipos especiales. Él también me orientó sobre cómo obtener mi beca. Sin ese apoyo, la experiencia universitaria habría sido muy diferente.

Recuerdo con claridad el día que tuve que configurar por primera vez una impresora Index Everest V4. Los manuales venían en inglés, la impresora era un equipo especializado, y el proceso era técnicamente complejo. Lo logré. No sé si fue más satisfactorio terminar de configurarla o darme cuenta de que podía hacerlo.

A mitad de la carrera tomé otra decisión que cambió mi forma de estudiar: compré mi primer teléfono con pantalla táctil, un Samsung Galaxy Grand Prime. Desde ese momento empecé a leer artículos, documentos en PDF y materiales académicos directamente desde el teléfono, usando el lector de PDF de Google Drive. La tecnología dejó de ser un obstáculo para convertirse en mi herramienta principal.

El día que respondí en el Senado de la República.

Uno de los momentos que más recuerdo de mi paso por la universidad fue una visita al Senado de la República. Íbamos en el contexto de la materia de Derecho Constitucional Comparado, y la persona que nos recibió empezó a hacer preguntas sobre el funcionamiento del Senado, las facultades exclusivas de la Cámara Alta, los procedimientos legislativos. Preguntas que, en teoría, todos deberíamos haber podido responder después de cursar esa materia.

Fui yo quien respondió la mayoría. No lo digo con arrogancia, porque estoy seguro de que mis compañeros sabían las respuestas igual que yo. Pero en ese momento, en ese contexto, fui yo quien las tenía disponibles. La persona que nos guiaba en la visita quedó gratamente sorprendida. Ese día entendí algo importante: prepararse no es solo acumular información. Es tenerla lista cuando se necesita.

Me gustaba mucho participar en congresos académicos. Mis compañeros y profesores siempre me pasaban el micrófono para que yo pudiera hacer mis preguntas a los conferencistas. Era una forma de integración que agradezco, porque no era un gesto de lástima, sino de reconocimiento: mis preguntas valían tanto como las de cualquier otro.

Los profesores que marcaron la diferencia.

En la universidad conocí personas que me demostraron que la inclusión no es un discurso, sino una decisión que se toma todos los días. Quiero nombrarlos, porque merecen ser nombrados.

El primero es el maestro José Mauricio Hernández Sarti, coordinador de mi carrera, profesor de Derecho Mercantil Internacional y Derecho Internacional Privado, y también quien gestionó para mí los equipos tiflotécnicos y me orientó para obtener mi beca. Tres roles distintos, una sola persona, y una sola convicción: que yo tenía el mismo derecho de estar ahí que cualquier otro estudiante. Su forma de evaluarme lo decía todo: me pedía que imprimiera las leyes en braille con mi impresora, y luego me ponía casos prácticos que yo tenía que resolver leyendo directamente esos textos. Era exigente. Me trataba con las mismas expectativas que a todos. Y eso, en el fondo, es la forma más auténtica de respeto que un maestro puede mostrarle a un alumno.

La segunda persona es la profesora Hiram Mata León. En una o dos semanas aprendió el sistema braille. No porque se lo pidieran, no porque fuera obligatorio. Lo hizo con la única intención de poder enseñarme a mí. Cuando pienso en lo que significa la inclusión educativa de verdad, pienso en ella. En alguien que decidió aprender algo nuevo, desde cero, para no dejar a un alumno atrás.

Amor en la universidad.

La universidad también fue el lugar donde me enamoré. Tuve una relación de cinco años con una compañera que estudiaba la Licenciatura en Negocios en la misma unidad académica. Fue una etapa de mucha vida, de muchas cosas compartidas. La universidad no solo me formó como abogado: me formó como persona. Y esa relación fue parte importante de esa formación.

De hecho, fue precisamente por ella que tomé una de las decisiones más curiosas de mi trayectoria: elegir dónde hacer mis prácticas profesionales pensando en no alejarme demasiado. Pero esa historia tiene su propio capítulo.

Las prácticas: cómo conseguí el lugar que nadie esperaba.

Cuando llegó el momento de buscar dónde hacer las prácticas profesionales, la mayoría de mis compañeros apuntaba a instituciones de renombre, secretarías del gobierno federal, organismos de política exterior, lugares que lucían bien en el currículum de un estudiante de Derecho Internacional. Yo tomé una decisión diferente: quería quedarme cerca de casa. Cerca de ella.

Así que fui a tocar puertas en la Quinta Regiduría del municipio de Tepotzotlán, que queda muy cerca de la Unidad Académica Profesional Cuautitlán Izcalli. Y me encontré con lo de siempre: deja tu currículum y nosotros te hablamos. Una frase que, en la mayoría de los casos, significa que nadie va a hablar. Yo lo asumí así y me fui pensando que no iba a pasar nada.

Una o dos horas después me llamó el propio regidor. Me dio la bienvenida, me invitó a platicar, y cuando nos reunimos me dijo que había espacio para mí. Y no solo eso: me adecuaron una estación de trabajo con una computadora con sistema parlante para que yo pudiera ejercer mi labor como abogado en prácticas. Me dieron las herramientas. Me trataron como un profesionista.

A veces las puertas que parecen cerradas solo están esperando que toques con más convicción. Yo toqué sin esperar mucho, y me abrieron de par en par.

Me titulé por diplomado: cursé el Diplomado en Derecho Superior de la Empresa, y fue una experiencia que superó mis expectativas. Conocí nuevas perspectivas del derecho, y en particular tuve el privilegio de aprender derecho laboral con un profesor que marcó genuinamente mi forma de entender esa área. Hay maestros que enseñan su materia, y hay maestros que te enseñan a pensar. Él era de los segundos.

La inclusión que ocurre fuera del aula.

Hay algo que quiero dejar muy claro, porque a veces cuando se habla de inclusión educativa solo se piensa en rampas, lectores de pantalla o materiales adaptados. Todo eso importa. Pero la inclusión más profunda que viví en la universidad no ocurrió en un salón de clases: ocurrió en las tardes, cuando salíamos a comer, a tomarnos algo, a convivir.

Mis compañeros me incluían de forma natural, sin hacer un escándalo de ello. Cuando salíamos a divertirnos, yo iba. Cuando había algo que celebrar, yo estaba. No como el compañero al que había que ayudar, sino como uno más del grupo. Esos momentos forjaron lazos que duran hasta hoy.

Hace poco, una de esas compañeras me invitó a colaborar con ella en una asociación civil. Se presentaron en la Cámara de Diputados para realizar una actividad, y quiso contar conmigo. Esa misma chica con la que años antes compartíamos tardes y risas en la universidad. Hay amistades que no caducan, y ese es uno de los regalos más inesperados que me dejó la carrera.

La verdadera inclusión no es la que se planifica en un documento de políticas. Es la que sucede de forma espontánea, cuando alguien simplemente te dice: ven, vamos juntos.

El ictus: cuando todo cambia en un instante.

Hace tres años sufrí un ictus hemorrágico. La zona afectada fueron los ganglios basales izquierdos. Las consecuencias fueron inmediatas y brutales: perdí movilidad en mis extremidades derechas y mi capacidad de habla se debilitó de manera significativa.

Para alguien que ya vivía con discapacidad visual desde el nacimiento, enfrentar una segunda limitación física de esa magnitud es un golpe que va mucho más allá de lo físico. Es una renegociación total con uno mismo, con lo que creías que podías hacer, con la imagen que tenías de tu propia autonomía.

Recibí terapia ocupacional y fisioterapia. Quise también acceder a otros tratamientos, pero las circunstancias económicas no lo permitieron. Con lo que tuve, avancé. Y en ese proceso tuve la fortuna de encontrarme con dos terapeutas que marcaron la recuperación de una manera que no esperaba.

Saúl era mi terapeuta de fisioterapia. Lo que más recuerdo de él es que nunca dejaba ir un solo minuto de la sesión sin aprovecharlo. Hasta el último momento, hasta el último ejercicio, él seguía empujando. Y lo hacía con una energía que se contagiaba: venga, sí se puede. No era una frase vacía viniendo de él. Era una convicción genuina de que yo iba a salir adelante, y esa convicción me la transmitió a mí.

Jennifer era diferente. Era más exigente, más dura en las sesiones. Pero había algo en ella que me motivaba igual o más: cuando yo lograba un resultado, cuando conseguía hacer algo que antes no podía, se le notaba el gusto. Genuinamente. Experimentaba conmigo, probaba cosas nuevas, buscaba la forma de que mi cuerpo respondiera mejor. Y cuando algo funcionaba, lo celebraba. Eso, viniendo de alguien que no te regala nada, vale muchísimo.

Los dos tuvieron que irse eventualmente, y yo también dejé la institución donde me rehabilitaba. Pero esos meses con ellos fueron una escuela de resiliencia tan importante como cualquier carrera universitaria.

De Saúl aprendí a no desperdiciar ni el último minuto. De Jennifer aprendí que la exigencia, cuando viene acompañada de genuino interés por el otro, es una forma de amor.

La inteligencia artificial: mi herramienta de todos los días.

Después del derrame, la inteligencia artificial entró en mi vida de una manera que no había anticipado. No como un experimento, sino como una necesidad real. Las limitaciones físicas que el ictus dejó en mis manos hacían que ciertas tareas cotidianas, como redactar textos largos o procesar documentos, fueran mucho más difíciles que antes.

Hoy uso herramientas como Claude, desarrollado por Anthropic, Gemini de Google, Microsoft Copilot y DeepSeek, según lo que cada tarea requiera. Me ayudan a redactar correctamente, a estructurar ideas, a procesar información y a comunicarme con claridad, incluso cuando la motricidad fina todavía me juega malas pasadas.

Lo que aprendí es que la inteligencia artificial funciona bien cuando sabes exactamente lo que quieres. No es magia. Es una herramienta. Y como toda herramienta, su valor depende de quien la usa. Yo sé lo que quiero, y eso hace la diferencia.

Me parece relevante que figuras como Dario Amodei, cofundador de Anthropic, hablen públicamente sobre la seguridad en la inteligencia artificial. Que quienes construyen estas herramientas piensen en sus implicaciones éticas no es un detalle menor: es precisamente lo que hace posible que personas como yo las usemos con confianza.

Compartir lo que sé.

Una de las cosas que más me importan hoy es compartir lo que he aprendido. Administro grupos de WhatsApp orientados a la accesibilidad y la inclusión tecnológica. La comunidad que se ha formado alrededor de estos espacios me recuerda constantemente que no estamos solos, y que compartir lo que sabemos es una de las formas más concretas de hacer accesible el mundo.

Hace poco tuve la oportunidad de hacer algo que me llenó de orgullo: cuando mi hermana enfermó, la suplí temporalmente como instructora de sistema braille en la Unidad Básica de Rehabilitación e Integración Social (UBRIS) de Tepotzotlán, una unidad del DIF Estado de México que brinda servicios de rehabilitación e integración social a personas con discapacidad. Enseñar braille es, de alguna manera, devolver lo que alguna vez me dieron. Y eso no tiene precio.

Lo que sigue.

No sé exactamente cómo será el futuro. Nadie lo sabe. Pero sí sé desde dónde vengo: de un pueblo del Estado de México, de una familia sin muchos recursos, de una discapacidad de nacimiento, de cinco años de universidad que me demostraron que podía, y de un derrame cerebral que me obligó a reinventarme.

Todo eso me hizo quien soy: un licenciado en Derecho Internacional que usa la inteligencia artificial como herramienta de trabajo y accesibilidad, que cree en la tecnología como medio de inclusión, y que sabe que las limitaciones, todas, tienen bordes que se pueden empujar.

Ver para creer no siempre es necesario. Yo soy la prueba.

 

 

 

 

 

 

 

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