Sé que este tema puede resultar polémico porque toca nuestras creencias religiosas y espirituales. Sin embargo, mi intención no es generar controversia ni ir en contra de la fe de nadie. Lo que busco es abrir un espacio de reflexión crítica, contrastando lo histórico-religioso con lo contemporáneo, y cómo ciertas expresiones han influido a lo largo de la historia para referirse de manera despectiva o de menosprecio a las personas con discapacidad. Haré una excepción con el término “ciego”, que aunque puede sonar duro, aún hoy se considera una forma válida de autodenominación y es socialmente aceptada en muchos contextos.
El pasado domingo 31 de agosto asistí a un servicio religioso en mi comunidad, algo que no hacía desde hace tiempo. Aunque soy creyente, no acostumbro a participar con regularidad en estos eventos. Durante la ceremonia, cuando se leyó el pasaje bíblico del día y el sacerdote ofreció su análisis, mi mente inevitablemente hizo también una lectura crítica de lo que acababa de escuchar.
El sermón giró en torno al relato en el que Jesús, al ser invitado a una fiesta, aconseja no sentarse en el lugar principal para evitar ser desplazado si llega alguien “más importante”. En cambio, sugiere que el anfitrión dé prioridad a invitar a los pobres, los lisiados, los cojos o los ciegos. Palabras más, palabras menos, este pasaje evidencia cómo, en la tradición judeocristiana, se usaban términos que hoy se perciben como despectivos y que, en la actualidad, generan debates y divisiones sobre cuál es la manera correcta de referirse a quienes vivimos con discapacidad.
Aquí aparece una pregunta incómoda pero necesaria: pedimos —e incluso exigimos— a la sociedad y a las autoridades civiles que modifiquen expresiones, leyes y bibliografía para dirigirse a nosotros con respeto utilizando términos que consideramos más adecuados. Pero, ¿qué ocurre con las llamadas autoridades religiosas y con los textos que siguen utilizándose en sus sermones, sin cambios, desde hace siglos?
Las escrituras sagradas de diversas tradiciones religiosas recogen relatos donde aparecen personas con alguna condición física, sensorial o cognitiva. En muchos pasajes, estas personas son descritas con términos como “lisiado”, “cojo”, “manco” o “ciego”. Aunque en su contexto histórico estos vocablos no necesariamente tenían una intención ofensiva, la lectura contemporánea desde la perspectiva de los derechos humanos nos invita a una revisión crítica. No se trata de censurar, sino de comprender cómo estas narrativas pueden seguir alimentando visiones que marginan o estigmatizan a las personas con discapacidad.
Este artículo recopila algunas referencias de textos sagrados —principalmente de la tradición judeocristiana— para analizar cómo fueron representadas las personas con discapacidad y cómo estos relatos han influido en los imaginarios sociales y religiosos hasta la actualidad.
Referencias en los textos sagrados.
El Antiguo Testamento / Tanaj.
En el libro de Levítico (21:16-23) se establece una norma que hoy resulta difícil de aceptar: los descendientes de Aarón con “defectos” físicos no podían acercarse al altar. Entre las condiciones mencionadas se incluyen ser ciego, cojo, desfigurado, mutilado, jorobado o enano. Esta disposición reflejaba una visión excluyente en la que la integridad física se vinculaba directamente con la pureza ritual.
Sin embargo, también encontramos historias más complejas. Mefiboset, hijo de Jonatán y nieto del rey Saúl, es descrito como “lisiado de ambos pies” (2 Samuel 4:4). A pesar de su condición, el rey David le muestra favor y lo acoge en su mesa (2 Samuel 9:3-13), enviando así un mensaje de dignidad y reconocimiento. Otro caso es el de Jacob, quien tras luchar con un ser divino queda cojo de la cadera (Génesis 32:25, 31). Más allá de ser visto como un defecto, la marca física se convierte en signo de transformación identitaria y espiritual.
El Nuevo Testamento.
Los evangelios también presentan numerosas referencias a personas con discapacidad. Por ejemplo, el relato del ciego de nacimiento (Juan 9:1-41), el paralítico de Betesda (Juan 5:2-9) y los cojos y ciegos que se acercan a Jesús en el templo (Mateo 21:14). En estos pasajes, la discapacidad suele mostrarse como una condición de sufrimiento que necesita ser sanada. Aunque el mensaje principal apunta a la compasión y la inclusión, la narrativa implícitamente asocia la discapacidad con carencia y marginación.
Asimismo, las parábolas de Jesús utilizan este lenguaje. En la parábola del gran banquete (Lucas 14:13, 21), se ordena invitar a “los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos”. El objetivo es mostrar que el Reino de Dios se abre para todos, especialmente quienes son excluidos. Sin embargo, el uso de la discapacidad como símbolo de marginalidad puede reforzar estereotipos. Otro ejemplo son expresiones como “si tu mano o tu pie te es ocasión de caer, córtalo” (Mateo 18:8), que emplean imágenes de amputación como recurso retórico, asociando la mutilación a la idea de purificación.
Otras tradiciones religiosas.
El islam también aborda la discapacidad en sus textos. En el Corán (24:61) se afirma que “no hay reproche sobre el ciego, ni sobre el cojo, ni sobre el enfermo”. La intención era clara: eliminar cargas sociales hacia quienes vivían con estas condiciones. No obstante, al enmarcar estas realidades como “excepciones”, se mantiene la percepción de diferencia y separación respecto a la norma social.
En las tradiciones hindúes y budistas, las narrativas sobre discapacidad suelen relacionarse con el karma. En relatos como el Mahabharata o los Jataka, las condiciones físicas aparecen como consecuencias de acciones en vidas pasadas. Aunque esta visión buscaba dar una explicación espiritual, en la práctica ha generado estigmas y la idea de que la persona es culpable de su situación.
Una mirada contemporánea.
Desde la perspectiva de los derechos humanos, todas estas referencias muestran cómo en la antigüedad se vinculaba la diferencia corporal con la exclusión, la impureza o la necesidad de curación. Leídas literalmente en el presente, estas visiones pueden perpetuar imaginarios de inferioridad y discriminación.
La teología contemporánea y, en particular, la teología de la discapacidad, plantean una alternativa: reconocer la dignidad inherente de cada persona y releer las escrituras de manera crítica e inclusiva. Esto no significa rechazar los textos sagrados, sino interpretarlos de forma que promuevan igualdad, respeto y justicia para todas las personas.
En la sociedad civil y frente a nuestras autoridades se ha luchado con éxito para transformar el lenguaje y que sea inclusivo y así promover expresiones más respetuosas hacia las personas con discapacidad. No obstante, cuando estas expresiones provienen de las Escrituras y se repiten en sermones o liturgias, el debate parece detenerse, como si quedara fuera de alcance.
¿Esto que genera una contradicción, no merecería ser atendido?
¿La inclusión y el respeto, en teoría, deberían tener excepciones en cuestiones religiosas? Él revisar estos textos no significa negar la fe ni deslegitimar las tradiciones religiosas, sino reconocer que, al igual que otros ámbitos de la vida social, también la religión puede abrirse a una lectura crítica e inclusiva. Solo así podríamos avanzar hacia una cultura verdaderamente respetuosa de la diversidad humana, en la que todas las personas, con o sin discapacidad, seamos reconocidas con dignidad y valor.
Reflexión final.
Como persona con discapacidad visual, este análisis surge de mi propia experiencia y de la inquietud que me generan estas lecturas. No pretendo atacar las creencias religiosas, sino invitar a que, desde la fe y desde la sociedad, seamos capaces de mirar críticamente el lenguaje y las imágenes que seguimos transmitiendo. Porque las palabras importan, y mucho: pueden excluirnos o pueden abrirnos caminos hacia la inclusión y el respeto que todos merecemos.
Artículo escrito por el Licenciado Sergio Armando Castro Barriga, persona con discapacidad visual que radica en la ciudad de Zamora, Michoacán.

